Confieso que tuve dudas hasta última hora. No me gustan estos sindicatos, me parece que están burocratizados,acartonados, viejos. Desde hace al menos 10 años han defendido más sus intereses que los de los trabajadores. Tampoco estoy convencido de la eficacia de una huelga general. En realidad, en estos tiempos de precariedad laboral, de miedo, mucho miedo, de aparente indiferencia social, hacer una huelga general es suicidarse: el fracaso está casi asegurado. Luego están los resultados: los convocantes dicen que ha sido un éxito, la patronal y los gobiernos, un fracaso. Todos destacan la normalidad del día, cuando, se mire por donde se mire, ese día no tiene nada de normal. En fin, lo que yo vi, es que, evidentemente no había huelga general. Era casi divertido ver como se cerraban los comercios, cuando pasaban los piquetes, y como se volvían a abrir en cuanto se alejaban. Eso ha pasado y siempre pasará. No, no estaba seguro de hacer huelga, ni siquiera sabía lo que iba a hacer la tarde de antes. ¿Qué ocurrió? Al final, decidí hacer huelga. ¿Por qué? Decidí pararme a pensar y a reflexionar un momento. Esto deberíamos hacerlo más a menudo en nuestras vidas. Pararnos un poco y reflexionar. Vamos a ver: desde que entró este Gobierno, se nos ha subido el IRPF, después se nos ha bajado el sueldo, se ha hecho una reforma laboral, después se nos ha subido el IVA, cuando habían dicho que no lo iban a subir, recortes en sanidad, recortes en educación, recortes en prestaciones sociales, amnistía fiscal a los defraudadores, dinero y más dinero para los bancos. ¿Qué hay que oponer a todo esto?: más paro (cerca de 6 millones), precios más altos, menor consumo, cierre de empresas, cierre de comercios, inseguridad laboral, menos becas, y un déficit, que en lugar de moderarse, sigue subiendo. La consecuencia de todo esto es más pobreza y sufrimiento para muchas familias. Y una gran indignación social con manifestaciones, paros parciales en algunos sectores y , finalmente, la huelga general. Pensé en todo eso, pero sobre todo pensé que si yo había estado quejándome todo este tiempo, en mi trabajo, en mi casa, de lo mal que estaba todo, de todas las injusticias que se estaban perpetrando, de la gran desverguenza de los políticos, de tanto y tanto sufrimiento para nada, porque no resuelve nada y no resolverá nada, siendo honesto conmigo mismo tendría que canalizarlo por algún lado. Y quisiera o no, la huelga era el único instrumento con el que podía canalizar esa gran indignación. No voy a juzgar y nunca juzgaré a aquellas personas que no paran de quejarse por todo y nunca hacen nada. En su conciencia queda. En mi caso, sabiendo que probablemente no iba a servir de nada, por lo menos en el corto y medio plazo, era mi deber hacerla, quizás hasta un deber moral.
Que la suerte nos acompañe, compañeros.